Los modelos de lenguaje son útiles justo donde se acaban los datos: llevan dentro sentido común sobre cómo razona la gente, cómo objeta y cómo justifica sus decisiones. Al principio, eso permite que una simulación sirva para algo antes de que el dominio haya generado evidencia propia suficiente.
El riesgo es evidente. Por eso la capa generativa va restringida por un esqueleto probabilístico: transiciones logísticas entre estados del embudo, elasticidad al precio, a la información y a la percepción de marca, más clonación de comportamiento sobre conversaciones reales. Si un segmento históricamente nunca reacciona como al modelo le parece lingüísticamente plausible, gana la evidencia empírica. Con el tiempo, el equilibrio se desplaza de la inferencia cognitiva al comportamiento observado.
